“No tengo tiempo”, “tengo mucho trabajo”…son algunas de las frases más habituales para justificar por qué no hemos ido al gimnasio o cuando nos preguntan acerca de nuestras rutinas deportivas. A pesar de que vivimos en un país muy aficionado al deporte y en el que se han conseguido grandes títulos internacionales tanto a nivel individual (casos de Rafa Nadal, Garbiñe Muguruza, Fernando Alonso, Marc Márquez ó Carolina Marín) como colectivo (baloncesto, fútbol, balonmano, etc.), lo cierto es que nos gusta más disfrutar del deporte desde la comodidad del sofá o en las sillas del bar con l@s amig@s, que de realizar ejercicio y/ó deporte de forma regular. O al menos así lo que nos indica el Informe sobre la inactividad física y el sedentarismo en la población adulta española cuyos resultados nos indican que cada hora mueren 6,6 personas en España a causa de la inactividad física (más de 52000 vidas al año).
Las recomendaciones mundiales sobre actividad física para la salud propuestas por la OMS, recomiendan para las personas adultas entre 18 y 65 años, conductas específicas que, si se siguen, posiblemente podrían prevenir o proporcionar la detección temprana de ciertos tipos de cáncer o enfermedades cardiovasculares. Entre la acciones a realizar para la protección contra las enfermedades cardiovasculares, por ejemplo, se encuentra la premisa de hacer ejercicio aeróbico moderado al menos 150 minutos o bien, 75 minutos de actividad física vigorosa la semana, junto con una dieta equilibrada que sea baja en sal y grasa, para mantener un nivel de peso saludable. Aunque hay autores que defienden que para mantener un estilo de vida saludable, es suficiente con realizar tres sesiones de 20 minutos a la semana. Sea como fuere, estas recomendaciones son muy específicas y sencillas de realizar, por lo que con los datos de este informe en la mano, podemos plantearnos la siguiente cuestión ¿por qué algunas personas todavía realizan conductas potencialmente perjudiciales o negligentes (i.e., maladaptativas)?
Una gran cantidad de investigación ha ido encaminada a responder a este interrogante y a entender cómo la gente elige comportase cuando se enfrenta con varias amenazas. Abarcando la investigación en conductas protectoras la prevención de cáncer, enfermedades del corazón y lesiones, así como áreas tan diversas como la seguridad alimenticia, las conductas de sexo seguro, los peligros ambientales, la prevención de una guerra nuclear o la protección de los otros, como los niños.
Algunas teorías psicológicas intentar explicar cómo las conductas protectoras son iniciadas o mantenidas en el tiempo. Entre las más destacadas se encuentran el Modelo de Creencias de Salud (MCS), la Teoría de la Motivación Protectora (TMP), la Teoría de la Acción Planificada (TAP) y la Teoría de la Utilidad Subjetiva Esperada (TUSE). Estas cuatro teorías comparten la idea de que existe una motivación hacia resultados de protección ante una amenaza percibida y el deseo de evitar el posible resultado negativo. Las teorías también comparten un componente de análisis costes-beneficios en el que los individuos pesan los costes de tomar la acción de precaución con los beneficios esperados de tomar esa acción.
Sin embargo, la TMP es el único de los cuatro modelos citados que incluye la autoeficacia como un componente separado, ofreciendo evidencia convergente de que la autoeficacia es un importante agente de influencia en los procesos motivacionales, cognitivos y afectivos. Y bajo mi punto de vista nos ofrece una explicación plausible de por qué no realizamos ejercicio de forma habitual, por lo que en esta primera entrada presento los postulados del modelo y en mi próxima entrada, hablaré de un artículo que nos muestra cómo podemos llevar estos postulados a la práctica.
La TMP fue desarrollada originalmente para explicar los efectos de las apelaciones al miedo (puesto que tienen un impacto significativo en la selección de conductas) sobre las actitudes hacia la salud y las conductas saludables. El modelo incluye fuentes de información ambiental (e.g., persuasión verbal y aprendizaje observacional) y fuentes intrapersonales (e.g., aspectos de personalidad y feedback de la experiencia anterior). La experiencia anterior incluye feedback de las experiencias personales asociadas con las respuestas sedentarias (maladaptativas) y activas (adaptativas) objetivo. La TMP está organizada a lo largo de dos procesos de mediación cognitivos: el proceso de valoración de la amenaza y el proceso de valoración de afrontamiento. Las evaluaciones de los factores de amenaza y afrontamiento se combinan para formar la variable de intervención denominada motivación protectora. Esta motivación protectora es similar a otros tipos de motivación en las que se despierta, sostiene y dirige la actividad.
El proceso de valoración de la amenaza se orienta hacia una amenaza que debe ser percibida o identificada antes de que pueda haber unas opciones de valoración de afrontamiento (severidad y vulnerabilidad de la amenaza). Los factores que intervienen en el proceso de valoración de la amenaza son recompensas (intrínsecas y extrínsecas) por llevar a cabo la respuesta sedentaria (maladaptativa) y la percepción de amenaza (severidad y vulnerabilidad de la amenaza). Por tanto, las recompensas (e.g. no cansarme) aumentan la probabilidad de realizar la conducta maladaptativa, mientras que la amenaza (e.g. sufrir algún tipo de percance cardiovascular) disminuirá la probabilidad de responder activamente (adaptativamente) ante la amenaza, es decir, realizando una rutina de ejercicios.
Por otro lado, los factores que intervienen en el proceso de valoración de afrontamiento ante dicha amenaza son variables de eficacia (respuestas de eficacia y autoeficacia) y los costes de respuesta. Las respuestas de eficacia no son más que la creencia en que llevar a cabo la conducta adaptativa, será efectivo en la protección del «yo» o de los otros; mientras que la autoeficacia es la capacidad percibida por la persona para realizar la conducta adaptativa, es decir, que somos capaces de realizarla. Ambas respuestas, aumentan la probabilidad de seleccionar la conducta adaptativa, mientras que los costes de respuesta disminuirán la probabilidad de seleccionar la conducta adapatativa. Estos costes (e.g., monetarios, personales, tiempo, esfuerzo) siempre están asociados a la realización de la respuesta adaptativa de afrontamiento.
La salida de estos procesos de valoración-mediación es la decisión (o intención) de iniciar, continuar o inhibir las respuestas adaptativas aplicables. Así, las típicas variables dependientes en la investigación de TMP son medidas de intenciones conductuales (Rogers y Prentice-Dunn, 1997), que no implica necesariamente la realización de la conducta. Siendo generalmente el propósito de la investigación basada en el modelo de la TMP persuadir a la gente para seguir las recomendaciones de los comunicadores; por tanto, las intenciones indican la efectividad del intento de persuasión, sin embargo, debe ser complementado con otros modelos para poder obtener ejecuciones de la conducta objetivo, cuestión que reservamos para nuestra próxima entrada.
“Control your mind to conquer your body & viceversa”





